Molino de la Romera. Mesón - Restaurante

Cocina tradicional en un entorno único.
Telf.: 954 14 20 00

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Presentación

“Hay momentos, como hay personas, como hay rincones, que llevan la magia en sus tripas. Este es uno de ellos.
Sentarse en la terraza de este mesón, es un deleite para el espíritu. Deberían añadir a su carta, junto al “Molinero”, “Molinera”, “Venado” y “Capea”, media ración de “Paisaje en su salsa”, o una tapa de “Vistas al almíbar”.
Garmendia, sibarita y poeta del estómago, debiera hacerle una visita.
Aquí, un café con crepúsculo, es un caleidoscopio sensual, un infierno para los ascetas.
Desde este mirador, todo nos seduce los sentidos. Oteamos como los trigos se mecen, cuando Eolo les susurra con cariño. Ese Chanel nº 5 de pueblo, que es el aroma a campo, nos envuelve mientras catamos un buen vino.
En este balcón a la Vega, se respira “ad libitum”.
Un aire recien hecho nos inunda los pulmones y nos atiza el pensamiento. La serenidad de sus vistas, es un tamiz donde cribar el estrés y las prisas. Somos testigos de cómo la Vega se acicala y se peina coqueta, con tractores y cosechadoras que “mesan sus cabellos”. Quiere estar guapa, para mirarse, engreída, en un mar de nubes blancas. Unos cuantos braceros, que pasean, la contemplan sin murria.
Fue mucho el sudor que se escapó de sus frentes allí abajo, cuando el hambre mandaba y el trabajo se pagaba con más trabajo.
Otros, vecinos privilegiados, de este mirador, trasladan su cuarto de estar a una bardilla de piedra, que las veces de sofá. Aquí no hay mando a distancia. Hay un único canal. Una hora en esta terraza, es descuartizada en 60 minutos eternos, aderezados por una conversación que fluye generosa gracias a los caldos que pare la tierra. Desde esta morada de dioses, Baco le declara la guerra a los silentes. Aquí, departir, platicar, opinar, conversar, es un acto inherente a la vida.
Un póker de calles confluyen en este finisterre de la ciudad vetursta. Dejamos de trabajar a destajo a nuestra retina. Observamos, oteamos, contemplamos la belleza del paisaje, amarrándonos gozosos a la dársena de una tarde de domingo.

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